La Teoría Monetaria Moderna es una farsa
lunes, 22 de abril de 2019
Una nueva teoría monetaria amenaza con acabar con la economía de Estados Unidos, como ya lo hizo con otras naciones en Latinoamérica. A medida que se aproxima la nueva campaña presidencial en el país, debemos estar atentos a esta nueva tendencia. Si me pidieran resumir lo que hago a una sola oración, esto es lo que diría: mi trabajo es analizar los mercados y seleccionar las mejores inversiones para nuestros lectores. Jim Rickards * En la medida de lo posible, siempre intento evitar hablar de política en mi análisis –no le digo a nadie en qué pensar sobre política e ideología personal. Todos tenemos nuestros puntos de vista y votamos de la manera que creamos que es mejor para nuestro país. Sin embargo, una nueva y aterradora teoría está enraizándose cada vez más entre los partidarios de izquierda en Estados Unidos –algo que tiene enormes implicaciones para los inversores. Y a medida que se acercan las próximas elecciones presidenciales de la primera economía, debes estar preparado. Si esta teoría continúa ganando adeptos, más y más inversores comprarán oro y otros activos duros, todo a modo de cobertura. Pero incluso si esta teoría nunca llega a incorporarse a las políticas monetarias, el oro se convertirá en el activo refugio por excelencia. Estoy hablando de la “Teoría Monetaria Moderna” o “TMM”. En lo personal, considero la TMM como una teoría a medias sin relación alguna con la realidad. Pero eso no significa que no esté ganando terreno entre un grupo de votantes que son demasiado jóvenes o ingenuos para reconocer que tales teorías fueron las causas, por ejemplo, de la catástrofe económica en Venezuela. La TMM parte de la idea de que los mandatarios pueden administrar una economía con políticas extremadamente descuidadas y, francamente, ridículas. Esta teoría deja en vergüenza incluso a los keynesianos más acérrimos, que ya de por sí son bastante generosos a la hora de imprimir dinero. Muchos de los principales economistas keynesianos han criticado la TMM. En el verano pasado del hemisferio norte, escribí por primera vez sobre la falacia que es la TMM en una publicación de mi servicio, Inteligencia Estratégica. Aquí tienes un extracto de nuestro reporte: Los defensores de la TMM confían en el poder del estado y en la aquiescencia de los ciudadanos para hacer que sus teorías funcionen. La TMM asume que los ciudadanos siempre tendrán confianza en el dinero del estado solo porque el estado dice que deben hacerlo. Pero la historia nos dice algo diferente. Una vez que los ciudadanos pierden la confianza en el estado y en el dinero de éste, el esquema piramidal se puede venir abajo rápidamente en una neblina de hiperinflación. Con suerte, al menos en mi opinión, la TMM permanecerá en los confines de los salones universitarios y think tanks de nicho, donde realmente pertenece. Ahora mismo, la teoría es lo suficientemente atractiva como para llamar la atención de un pequeño grupo de políticos y votantes. Y desafortunadamente, la popularidad de la TMM ha crecido desde que escribí sobre el tema. A continuación, te presento una de las formas más efectivas de socavar el argumento de la TMM: Los defensores de esta propuesta dicen: “Podemos aumentar los impuestos” si la inflación se sale de control. Eso no sucedería. Los incentivos políticos no lo permitirían. ¿Cuándo en la historia los políticos han tenido la disciplina de imponer impuestos más altos en un momento en que los niveles de vida se ven reducidos por la inflación? Probablemente no se te ocurra ni un caso –y con razón. Y aclaro: no estamos hablando solo de “impuestos a los ricos”. Estos aumentos impositivos recomendados por la TMM deberían ser lo suficientemente amplios como para deprimir la demanda en toda la economía. Es virtualmente imposible aprobar un proyecto de ley así en una legislatura populista. Así que podemos concluir con seguridad que, con la TMM, obtendríamos impresión de capital, más inflación, ningún alza en los impuestos y un colapso total en la producción. Claro que después habría más impresión de capital y ayuda social del gobierno a los hogares pobres, todo para arreglar la “crisis” de un Producto Interno Bruto (PIB) más bajo, que a su vez fue causada por la primera ronda de impresión de capital. Otra arista de este problema es el concepto de “demanda”, algo con lo que la mayoría de los keynesianos y los de izquierda se obsesionan. Difícilmente piensan en la oferta: qué produce una economía y por qué se produce. Lo que hacen es ver superficialmente lo que produce una economía en este mismo momento, molestarse porque los beneficios de la producción se distribuyen de manera desigual y, por último, se resienten porque el pastel se esté distribuyendo de una forma que ellos encuentran ofensiva. Tales políticos no comprenden que lo que produce una economía con el paso del tiempo cambia. El enfoque de los consumidores cambia de generación en generación a medida que las innovaciones alteran la canasta de bienes y servicios que las personas desean consumir. Si la crisis de desigualdad se aceleró originalmente en la década de 1980, ¿habría sido mejor si pudiéramos volver en el tiempo, congelar la economía de 1980 y redistribuir la producción de forma más justa? Es poco probable que muchos estén dispuestos a eso. Si los políticos hubieran redistribuido los ingresos y los activos de los fabricantes de látigos de carruajes o de máquinas de escribir, ¿habría habido una explosión de innovaciones y suministros de autos y computadoras? Nadie puede probar nada sobre este escenario hipotético. Pero la naturaleza humana apunta a un “dudoso”. La historia, a su vez, muestra que la innovación y la producción de bienes valiosos van de la mano con sólidos derechos de propiedad e incentivos de ganancias. Hay una razón por la cual Cuba tiene tantos autos clásicos estadounidenses de la década de 1950. Es porque fue entonces cuando estalló la revolución comunista. Fue allí que el progreso se detuvo. Cuba lleva décadas padeciendo una carencia de desarrollo, y las personas de la clase trabajadora que Fidel Castro prometió proteger ahora están mucho peor de lo que hubieran estado en un mercado más libre. Del mismo modo, el trágico colapso económico de Venezuela se puede rastrear fácilmente a los intentos de Chávez y Maduro de imitar las locuras del régimen comunista cubano. La Reserva Federal de Estados Unidos ya fue lo suficientemente mala en sus intentos por controlar la inflación durante el sigo pasado. Asimismo, es culpable en gran medida por exacerbar la desigualdad en Estados Unidos, pues con cada ronda sucesiva de flexibilización, ha subsidiado a los propietarios de activos a expensas de los ahorristas austeros. Imagina nada más los desastroso que hubiese sido el historial de la Fed si durante su siglo de control sobre el dólar, el Congreso estadounidense hubiese podido gastar sin límite alguno, a la vez que, siguiendo la TMM, aumentaran las tasas impositivas cuando la inflación fuera al alza. Solo un ingenuo podría decir con seriedad que el Congreso tendría la disciplina, la agilidad o la precisión para no causar un desastre bajo tales condiciones. En resumen, si el siglo pasado se hubiese implementado el sistema de la TMM, Estados Unidos ya habría acabado con el poder adquisitivo de varias divisas diferentes. Como teoría económica seria, la TMM aún no ha pasado al basurero de la historia, donde creo que pertenece. Lo mismo aplica para sus creadores, una escuela de pensamiento conocida como “Chartalismo”, que nació en reacción al patrón oro. Lo más preocupante es que todo esto está ganando aceptación entre muchos candidatos presidenciales demócratas. Así que bien: los inversores de todo el mundo con tenencias de activos en dólares pronto comenzarán a preocuparse por la TMM como una propuesta política de la campaña electoral de 2020. Y cuando lo hagan, el oro tendrá una afluencia de nuevos compradores. * Jim Rickards, para El Inversor Diario, desde Darien, Connecticut