Por quién doblan las campanas
viernes, 10 de noviembre de 2017

Así como cada vida es única e intransferible, también lo es el modo en el que cada quien elabora el duelo ante la pérdida de un ser querido o se prepara para su propio final. La médica y psiquiatra suiza Elizabeth Kübler-Ross (1926-2004) registró, de todos modos, una serie de cinco reacciones que, a su manera particular, todas las personas transitan en esa situación extrema. Kübler-Ross no lo inventó. Apenas recibida, trabajó con presos liberados del campo de concentración de Meidaneck, en Polonia, y desde entonces se internó profundamente en el estudio de la inminencia de la muerte, el proceso de morir y el acompañamiento de quienes rodean al muerto o moribundo. Conmovida por lo que veía y experimentaba, se convirtió en la más respetada autoridad mundial en la materia.

Sergio Sinay *





Negación, ira, negociación, depresión y aceptación son esas cinco etapas. La primera es la resistencia total ante el hecho. La segunda, la rabia (con el destino, Dios, algún responsable). La tercera es la búsqueda de algún modo de ubicación ante lo irreversible (lograr tiempo, condiciones, buscar sentido en lo que ocurre). La cuarta es la caída en el presente, en la realidad y en una tristeza profunda, que puede parecer sin retorno. La quinta es aprender a vivir con lo ocurrido sin que esto signifique necesariamente aceptarlo, pero también sin que impida el fluir de la propia vida.


No todas las etapas del proceso se cumplen. Hay quienes quedan empantanados en una de ellas y entonces una Gestalt (una forma) queda inconclusa. Sólo al alcanzar la última se completa el duelo y, aun con la cicatriz perenne, se puede vivir de nuevo, según palabras de Kübler-Ross. Estas etapas no son fantasías de la médica humanista suiza sino un hecho de la vida, que ocurre más allá de creencias, prejuicios o ideologías.


Valen también para el caso Santiago Maldonado, por encima de sus turbias connotaciones. Porque Maldonado es más que un pretexto político, más que una abstracción ideológica. Es el nombre y apellido de una vida. De alguien que amó y fue amado, que sintió rabias y alegrías, dolores y esperanzas, que tuvo aciertos y errores. Como cualquiera. Si esto se olvida en la turbulencia de cálculos políticos miserables, de oportunismos inmorales de cualquier color, quienes necesitan atravesar las cinco etapas no podrán hacerlo y el empantanamiento, a la larga o a la corta, fermentará y producirá infecciones personales y sociales incurables.


En el siglo XVII, el poeta metafísico inglés John Donne escribió los memorables versos de Las campanas doblan por ti, entre los cuales se cuentan los siguientes: “Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo (…) Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Los políticos oficialistas y opositores, los opinadores variopintos que se rasgaron las ropas frente a cámaras y micrófonos implorando con énfasis a veces dudoso que ojalá el cuerpo encontrado en el río Chubut no fuera el de Santiago Maldonado habrían necesitado que se les recordaran estas palabras. Porque si ese cuerpo no era Maldonado, era otra persona, no se trataba de un bulto. Es decir, se trataba de una vida, aunque no tuviera nombre. Alguien a quien también había seres queridos que lo esperaban o lo buscaban, acaso anónimamente. Había muchas cosas para decir menos ésa. Sólo en los familiares de Maldonado ese deseo habría sido aceptable. En todos los demás desnudó que habían olvidado lo principal, es decir que la búsqueda y el hallazgo, o no, del joven artesano no era un match político ni una pulseada entre especuladores electoralistas. Era el tañido de las campanas llamando a cada uno. Algo que se hace difícil de recordar y entender en un país en el que con toda naturalidad, a lo largo de los años y la indiferencia, el valor de la vida se ha depreciado hasta que, según las circunstancias, algunas cuentan y otras no.




* Escritor