Cuando el método científico va a la escuela
miércoles, 20 de septiembre de 2017

Si preguntamos a cualquier padre o madre en América Latina o el Caribe qué es lo que más quieren para sus hijos, lo más probable es que lo resuman en una sola palabra: educación. Los padres bien saben que lograr que sus hijos desarrollen buenas habilidades puede significar satisfacción, éxito y prosperidad. Y esto explica porque están haciendo cuantiosas inversiones para desarrollar el aprendizaje de sus hijos. De hecho, la familia promedio en nuestra región gasta un porcentaje mayor de su presupuesto en educación que la familia promedio de Estados Unidos. Los gobiernos de la región también han hecho grandes esfuerzos y han aumentado el gasto en educación, del 2% del PIB en 1990 al 5% del PIB en la actualidad, porcentaje similar al de los países desarrollados.

Julián Cristiá * y Steven Ambrus +





Sin embargo, aunque exista voluntad, los resultados brillan por su ausencia. Prácticamente todos los alumnos de primaria de los países desarrollados alcanzan competencias mínimas en matemática, lo que significa que pueden realizar operaciones básicas con números enteros y comprender conceptos sencillos de geometría. En países con un PIB similar al de nuestra región, dos de cada tres alumnos alcanzan ese nivel. En cambio, en América Latina y el Caribe, el porcentaje es de sólo un 30%. Los puntajes obtenidos por alumnos de 15 años en el Programa Internacional para la Evaluación de Alumnos (PISA) muestran brechas similares. En ciencias, la región ocupa el tercio inferior en el ranking de los países y alrededor del 46% de los alumnos en comprensión lectora y del 63% en matemáticas no alcanzan el nivel más básico, según un estudio del BID.


Entonces, el problema no es falta de recursos, sino cómo se invierten. A lo largo de los últimos 15 años, los gobiernos han confiado muchas veces en soluciones tradicionales para mejorar el aprendizaje, soluciones que tienen sentido en el papel pero que no han resultado ser costo-efectivas. Reducir el tamaño de clase y extender la jornada escolar, por ejemplo, parecerían ser remedios evidentes. Uno pensaría que si los niños tienen un contacto más directo con sus maestros aprenderían más, y también, si están más horas al día en la escuela. Pero aunque esas soluciones han logrado ciertas mejoras en aprendizaje, significan respectivamente entre un 20% y un 60% de aumento del costo y dejan escasos recursos para destinar a otras iniciativas que podrían aumentar aún más el desempeño de los alumnos.


Entretanto, otros programas innovadores obtienen resultados similares o mejores, pero a un costo mucho menor. Por ejemplo, brindar a los estudiantes dos clases semanales bien guiadas en laboratorios de computación genera mejoras en aprendizaje mayores que cualquiera de los programas anteriores, con menos del 5% de aumento en el costo. Asimismo, proporcionar planes de clases a los maestros, para que las clases sean más efectivas e interesantes, demanda un incremento del gasto menor al 5%. Y también tiene un mayor impacto en aprendizaje. El resultado más sorprendente proviene de una intervención la cual busca transmitir que la inteligencia puede mejorarse con la práctica. Esta simple intervención, tuvo resultados en aprendizaje cercanos a los logrados por la extensión de la jornada escolar o la reducción del tamaño de la clase a un costo sustancialmente menor: menos de un dólar por alumno.


La conclusión es que políticas públicas guiadas solamente por la intuición o por teorías, no solucionarán los problemas de aprendizaje en la región. Lo que los gobiernos en América Latina y el Caribe deberían hacer es utilizar el método científico, que ha impulsado el progreso en tantos dominios de la vida moderna. Es decir, deberían testear teorías y utilizar resultados empíricos para orientar las decisiones. Esto implica analizar las potenciales opciones de políticas, diseñar proyectos piloto, evaluarlos y escalarlos si demuestran ser costo-efectivos. No seguir este camino implica arriesgarse a malgastar el dinero.


Y el gobierno de Perú nos está mostrando el camino. Una nueva unidad llamada MineduLAB, creada dentro del Ministerio de Educación, está dedicada específicamente a identificar intervenciones costo-efectivas. Y aquí, en el BID, también aportamos nuestra parte con nuestra última publicación insignia sobre habilidades, lanzada esta semana en Washington D.C. Además, estamos lanzando el SkillsBank, un nuevo sitio web con más de 280 evaluaciones de programas realizadas a lo largo de más de 40 años, y que abarcan tanto a los países desarrollados como en desarrollo.


Los padres de la región desean que sus hijos tengan éxito en la vida y los países quieren mejoras en crecimiento, igualdad y reducción de la pobreza. Esto será posible si aplicamos el método científico a la política educativa, ya que así lograremos que las inversiones que hacemos tengan impacto real.

* Julian Cristia es economista líder del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo. Cristia ha analizado programas que introdujeron tecnología en escuelas y que expandieron el acceso a educación pre-primaria. También, Cristia ha producido revisiones sistemáticas de la literatura sobre el desarrollo infantil temprano, el uso de tecnología en educación y acerca de como mejorar el aprendizaje en escuelas primarias. Obtuvo un Doctorado en Economía en la Universidad de Maryland.


+ Steven Ambrus trabajó como corresponsal de los medios masivos de comunicación de Estados Unidos y de Europa durante dos décadas en América Latina cubriendo política, educación, medio ambiente y otros temas. El trabaja actualmente en la unidad de comunicaciones y publicaciones del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo BID.

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