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lunes, 05 de febrero de 2018

Banca ética

En 2011, mientras el sector financiero anunciaba 200.000 despidos en el mundo, los bancos que transparentan sus inversiones y se preocupan por el impacto social de sus proyectos crecieron más que nunca. Variedad de productos, precios competitivos y, lo más difícil de todo, hacer que el cliente sienta que se hace algo bueno con su dinero. La fórmula que ofrece la banca ética parece demasiado linda para ser cierta. Sin embargo, y a contrapelo de un sector financiero global que, según Bloomberg, anunció 200 mil despidos en 2011, estos bancos especializados en transparentar sus inversiones y priorizar aquellas con impacto social “positivo” no han dejado de crecer.





Fundado en Holanda hace 32 años y con sede en 5 países de Europa, el Triodos Bank es uno de los mejores ejemplos. Sólo en 2011, creció 24% en número de clientes. Fiare, el socio español de la italiana Banca Popolare Etica, vio crecer su negocio a un 20% anual desde la creación en 2000. Y desde Berlín, el GLS Bank asegura que en los últimos tres años multiplicaron por dos el número de empleados.


La explicación más repetida del auge ético es el desengaño con la banca tradicional. En España, los bancos están bajo la mira de la opinión pública por inflar el valor de los inmuebles para prestar por encima de los máximos permitidos. En Reino Unido, Barclays confesó bajo presión que manipuló la tasa de referencia Libor en su beneficio y el de algunos bancos amigos. En EE.UU. son recordados por su papel en la crisis subprime, cuando ganaron fortunas con las comisiones de unas hipotecas cuyo riesgo siempre pasaba a otras manos.


Con este panorama, es fácil comprender el crecimiento de un modelo alternativo con algunos rasgos en común. Por mucho que la palabra “ético” signifique algo diferente para cada banco, mantienen políticas similares: ninguno prestaría a un fabricante de armas, por muy legal que sea, ni a una empresa con niños entre sus empleados, por muy rentable que sea.


Pero más allá de los extremos, lo bueno y lo malo se vuelve opinable. Por eso, el otro denominador común de estos bancos es la transparencia. Al publicar el detalle de sus inversiones, la banca ética permite que los clientes sepan qué tipo de proyectos van a apoyar con sus ahorros. Si el banco es una cooperativa, fórmula habitual en muchos de ellos, los clientes también pueden ejercer su poder político para cambiar las inversiones que no consideren éticas.


The Co-operative Bank, en el Reino Unido, es decano en los dos campos. Hace 140 años se fundó como cooperativa y hace 20 decidió hacer públicos sus diez mandamientos en “políticas éticas”. Hoy es el sexto banco del país. Barry Clavin, su responsable de “sostenibilidad”, elude aferrarse a una definición de ético. Según él, las dos claves que definen al banco son los clientes –porque “son ellos y no los directivos los que deciden qué proyectos apoyar”– y la competitividad: “Buen producto, un servicio de calidad y una buena red de agencias. No basta con la ética”.


No alcanza, pero la ética tiñe todo lo que hacen estos bancos. También la política de recursos humanos . En Triodos aseguran que el sueldo más alto es sólo 9,8 veces superior al más bajo. Muy diferente a los 17,7 millones de libras esterlinas que en 2011 se llevó a casa Bob Diamond, CEO de Barclays hasta su reciente dimisión por el escándalo Libor.


Y por supuesto, la ética afecta también a los depósitos que toman y lo que hacen con ellos. En Fiare, según su gerente Peru Sasia, tienen una estricta política contra “cualquier dinero que venga de paraísos financieros” y los préstamos van a “proyectos de cooperación internacional, a emprendimientos de agroecología, a organismos dedicados a la transformación en valores, y a empresas que ayudan a personas en riesgo”.


El movimiento también está en América Latina, con el peruano Mibanco como uno de los principales jugadores. Según Luis Felipe Derteano, presidente de Grupo ACP (dueño de Mibanco) y uno de los fundadores de la asociación Global Alliance for Banking on Values, los principios son iguales a los de la banca ética europea, con algunas diferencias: “En Asia y América Latina damos más microcréditos; y en Europa los préstamos están más ligados a temas culturales, ambientales y sociales”.


¿La ética será sólo una moda para tiempos de crisis o algo que vino para quedarse? No es fácil de adivinar. Unos consideran imposible vencer a una banca que con menos escrúpulos consiga mejores precios. Otros confían en que los clientes cederán un poco de rentabilidad a cambio de que se haga un buen uso de su plata.


La respuesta tal vez esté entre los dos. Como la de Clavin, de The Co-operative: “Los bancos tradicionales tienen que reconstruir la confianza del consumidor y ya se dieron cuenta de que hace falta más transparencia. Ellos son los que van a tener que cambiar”.

 
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