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Cuando la globalización se cruza con el populismo PDF Imprimir E-Mail
viernes, 13 de octubre de 2017

Nos encontramos ante una etapa de gran transformación. Los movimientos populistas que dicen ser los portavoces directos del pueblo y que se oponen a todo, desde los banqueros hasta los inmigrantes y las instituciones de la democracia liberal, han alterado el paisaje político en grandes regiones del mundo. Basta pensar en el Brexit en el Reino Unido, en Syriza en Grecia y Podemos en España, o en los candidatos populistas en las elecciones más recientes en Estados Unidos.

Steven Ambrus *





Si bien estos movimientos abarcan todo el espectro, de izquierda a derecha, su auge no es un accidente. Más bien, según Dani Rodrik, profesor de economía de la Universidad de Harvard, el reciente surgimiento de populismo es una respuesta a las perturbaciones económicas y a un profundo sentimiento de injusticia en las comunidades que han sido golpeadas con dureza en las últimas etapas de la globalización, ya sea debido a la apertura comercial o a la integración financiera mundial y sus crisis anexas.


La redistribución, como señaló claramente Rodrik en la Conferencia Anual de Desarrollo del BID en 2017, y en un artículo publicado recientemente, no es sino la otra cara del aumento del intercambio comercial. Sin embargo, a medida que la globalización avanza y tiene cada vez más en su punto de mira las bajas barreras comerciales que todavía existen, los frutos para el conjunto de la sociedad son pequeños en comparación con los shocks comerciales experimentados por sectores industriales y regiones específicas.


Pensemos en el NAFTA desde la perspectiva de Estados Unidos. Los productos mexicanos constituyen una parte pequeña del mercado de Estados Unidos, y este país ya estaba relativamente abierto a ellos cuando el acuerdo de Libre Comercio entró en vigor en 1994. Por lo tanto, en su conjunto, el NAFTA generó beneficios netos muy pequeños para la economía de Estados Unidos. Al mismo tiempo, según un estudio de Shushanik Hokobyan y John McLaren que abarca el período 1990-2000, un joven que abandonara la educación secundaria en las regiones profundamente afectadas por el NAFTA, vería crecer su salario un 8% más lentamente que el de un trabajador similar no afectado por el acuerdo. Entretanto, el aumento de los salarios cayó un 17% en las industrias más protegidas en comparación con las industrias que no estaban protegidas cuando el acuerdo entró en vigor.


Los seguros sociales y las protecciones del mercado laboral podrían haber marcado la diferencia. Europa ha estado más abierta al comercio durante más tiempo que Estados Unidos, concretamente porque esas protecciones existen. Sin embargo, la falta de ese tipo de protecciones en Estados Unidos y la idea de que se están perdiendo empleos debido a la competencia de otros países donde la legislación laboral, ambiental y de seguridad no se respeta de la misma manera, genera un profundo resentimiento contra los intereses de las llamadas elites que sí se benefician. Esto ha convertido la globalización en objeto particular de reclamaciones, incluso comparada con otras fuerzas como el cambio tecnológico y la competencia nacional que, a fin de cuentas, pueden tener un impacto mayor en los salarios y el empleo.


En Europa, entre tanto, la globalización financiera, que ha dificultado la regulación de los mercados de crédito y los bancos, ha sido una fuente particularmente potente de frustración. Los prestatarios en Grecia, España y Portugal, que tienen primas de riesgo más bajas debido a la unificación monetaria y a la introducción del euro en 1999, acumularon grandes cantidades de deuda externa e invirtieron en la construcción y en otros sectores no transables. Esto condujo a la crisis cuando el flujo de crédito se interrumpió como consecuencia del colapso del sector inmobiliario en Estados Unidos, y alimentó la indignación ante el empeoramiento que siguió.


En partes de América Latina, “la rápida apertura comercial, las crisis financieras, los programas del FMI y la llegada de las corporaciones extranjeras en sectores nacionales sensibles, como la minería o los servicios públicos”, han generado su particular caldo de cultivo de amargura, escribe Rodrik en su estudio.


Lo que une a la gente en estas regiones es su ira, es decir, el sentimiento de que la globalización ha traído consigo una pérdida de autonomía en cuestiones de política económica a nivel nacional y, en ese proceso, ha sacrificado el empleo y los salarios. Es la frustración de que, a medida que se ha perdido el control sobre todo, desde el capital hasta la política industrial, la desigualdad ha crecido y la seguridad económica se ha visto amenazada.


Estas reclamaciones no asumen necesariamente la misma forma en todas partes. En América Latina y en Grecia y España en el sur de Europa, donde el comercio, la inversión extranjera y las crisis financieras han provocado las grandes dislocaciones, el populismo acuñado es el de la variedad izquierdista, señala Rodrik. En América Latina, eso significa criticar a instituciones como el FMI y, en el sur de Europa, manifestarse contra el euro, Bruselas o Alemania. En cambio, en el norte de Europa algunas personas temen, entre otras cosas, que su generoso sistema de bienestar esté siendo atacado por inmigrantes racial, religiosa o culturalmente diferentes. Y han respondido con un populismo etnonacionalista de derecha marcado por el rechazo a los inmigrantes. En Estados Unidos parece manifestarse una mezcla de ambas variedades, la de izquierda y la de derecha.


Nadie sabe cómo acaba esto. La globalización ha tenido efectos claramente positivos en cuanto a la ampliación de oportunidades para los exportadores, los inversores, las empresas multinacionales y otros agentes que participan en el comercio internacional. Ha promovido el crecimiento y ayudado a reducir la desigualdad en al menos algunos de los países más pobres. Sin embargo, señala Rodrik, es importante impedir que cobren forma las peores expresiones de populismo, entre ellas las que erosionan la democracia liberal y la economía mundial abierta. Y para que eso se pueda impedir, sostiene, tiene que darse alguna medida de retorno a una mayor autonomía nacional en lo relativo a los asuntos económicos.


* Steven Ambrus worked as a correspondent for US and European media during two decades in Latin America, covering politics, education, the environment and other issues. He currently works in the communications and publications unit of the Research Department at the IDB.

 
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